RELATO: Experiencia cercana a la muerte

Foto de Troy Mason 
Aunque era la habitación de una residencia geriátrica parecía un pequeño apartamento. Casi no había objetos personales con la excepción del regalo que le entregaron el día de su jubilación, una reproducción a escala del primer avión que ayudó a diseñar. Obviamente aquella habitación tenía su coste, pero todo lo soportaba el plan de pensiones que había pagado, y bien pagado, durante toda su vida. Así había sido Antonio, previsor, metódico y con un claro plan de vida. No es que hubiera planificado el fin de sus días en una residencia, solo estaba previsto en su póliza en caso de una contingencia, como la que había le había sucedido semanas anteriores: un infarto y de los graves. Había estado varios minutos clinicamente muerto y gracias al esfuerzo del equipo médico pudo ser reanimado. Aunque ya le habían dado el alta hospitalaria decidió pasar una temporada en la residencia, donde estaría mejor controlado, era solo temporal.


Era una soleada mañana de sábado y esperaba visita, no es que nadie lo hubiera avisado, es que era lo más lógico después de lo sucedido. Ya habían pasado por aquella habitación su hijos con sus respectivas parejas y sus nietos. Bueno, todos los nietos menos uno, el mayor. Estaba en esa edad complicada en la que no se es ni un hombre ni un niño y era bastante antisocial. Además, con esas cosas de las modas era lo que solía denominarse un gótico. Vestía siempre ropas oscuras y tenía cierta obsesión por las historias de tétricas y relacionadas con la muerte. Por ese motivo, Antonio le dejó caer a sus padres en la visita del día anterior que había tenido una experiencia cercana a la muerte. Así es como se denomina a las visiones que narran las personas que han estado muertas durante un breve periodo de tiempo y finalmente fueron reanimadas. El típico ejemplo es el de la luz al final del túnel en la que te esperan los seres queridos ya fallecidos.

No había entrado en detalles de lo que vio, pero estaba seguro de que esa clase de historia era a la que no podría resistirse su nieto mayor, y la llamada de teléfono desde recepción comunicándole una visita le había dado la razón.

-Buenas.- dijo el nieto desde la puerta de la habitación, que también se llamaba Antonio.
-¡Hola muchacho!.- respondió alegremente el abuelo desde el sillón colado frente a la puerta.- Pasa y dame un abrazo.

Gracias a ese saludo el muchacho perdió el reparo inicial que le provocaba el sentimiento de culpa de no haber visitado a su abuelo desde hacía casi un año. Avanzó lentamente.

-Pero anda mas deprisa, que a este paso me da otro infarto antes de que llegues. Estás más cortado que yo el primer día que pise un aeropuerto.- le increpó desde su asiento.

El joven esbozó una  media sonrisa y avanzó.

-Mi padre tenía razón, has tardado menos de un minuto en hablar del aeropuerto.
-¡Ja ja ja!.- carcajeó el abuelo a la vez que habría los brazos.- ¿Eso te ha dicho? Puede que él  haya escuchado demasiadas veces esa historia, pero se de uno que no la ha escuchado en mucho tiempo.

Foto de Heritage Hotels & Resorts
El nieto le dio un abrazo y se sentó en el otro sillón situado frente a él.

-¿Cómo te encuentras? Me ha dicho mi padre que has estado regular.
-Bueno, he estado mejor. Estos médicos modernos se las saben todas y ya estoy muy recuperado. Así que te has adelantado vistiéndote así .- dijo señalando la camiseta y el pantalón negro que llevaba su nieto.

El nieto sonrió levemente y se quedó mirándolo en silencio, sin saber que decir.

-Tú has venido para que te cuente lo que vi cuando estuve muerto, ¿verdad?.- espetó el abuelo.
-No. Bueno...sí.- dudó.
-Hagamos un trato, tú soportas de nuevo la historia de mi primera visita al aeropuerto y después te describo lo que vi en esos minutos entre la vida y la muerte, aunque te advierto que no fue mucho, ¿de acuerdo?
-Pero si ya me la has contado...
-Sí, pero esta vez añadiré cosas que no le he contado a nadie en todos estos años.
-¿De verdad? Entonces de acuerdo.
-Pues vamos allá...

La primera vez que visité un aeropuerto me marcó de por vida, y eso que solo tenía 12 años. De entrada los grandes techos y sus amplios espacios perfectamente iluminados por gigantescos ventanales; después la uniformidad en el vestir de todos los que trabajaban allí, desde el mozo de almacén hasta el piloto, pasando por el personal de tierra y finalmente lo que después sería mi gran pasión en la vida: las máquinas voladoras.

Esto no se lo conté nunca a tu abuela, ni a tu tía, pero me quedé prendado de una guapa azafata que me acompañó durante toda la visita. Tenía unos ojazos azules imposibles de ignorar. Quizá por ello me fijé en tu abuela muchos años después. Eres la primera persona a la que le confieso esto.
Foto de Archives New Zealand

Aunque yo estaba flotando como una nube agarrado de la mano de aquella azafata al entrar en el avión la ignoré, era un boeing 747 de la compañía Panam. Al principio me llevaron a la cabina del avión, esa gran consola me dejo impresionado no había acabado de recorrerla con la mirada cuando me indicaron que debía salir. A continuación volvimos a retroceder hasta la entrada, y continuamos hasta primera clase. Allí solo había un señor guardando su maleta en el compartimento superior. Imagínate lo amplio que era el pasillo que pudimos pasar por su espalda sin que se diera cuenta. Llegamos andando hasta la clase turista, ahí el espacio estaba un poco más ajustado, ya que se había incluido una fila de asientos en el centro, dividiendo en dos el pasillo central. Allí si que me encontré con más personas.

-Ese grupo de familiares que se parecían todos.- cortó el nieto, que ya había oído esa parte en alguna que otra cena familiar.
-Exacto.- sonrió el abuelo al comprobar que no estaba siendo ignorado.

Continuó su historia.

Como bien recuerdas, en la clase turista había varias personas que debían pertenecer a la misma familia porque se parecían mucho entre ellos. Al verme callaron todos y se quedaron mirando. 

-Antonio, ¿no saludas a estos señores?.- me preguntó en voz alta la guapa azafata.
-Hola.- dije medio avergonzado.
-¡Hola muchacho!.- me respondieron todos al unísono.- Bueno, todos menos el que estaba frente a mí, que permaneció observándome y que después sería la persona mas influyente de mi vida.
-Antonio me ha dicho que de mayor quiere diseñar aviones como este.- añadió la azafata.

Otro dato que nunca le he contado a nadie es lo que añadió un pasajero medio borracho que salía del servicio remetiéndose por el pantalón una camisa que fue blanca en otros tiempos. Se refería a la azafata, aunque no comprendí que dijo hasta unos cuantos años después, Digamos que fue bastante grosero y maleducado. Afortunadamente fue increpado por el resto de pasajeros y volvió al servicio. Siempre he omitido esta parte porque ensombrece una bonita historia protagonizada por un niño. Espero que lo comprendas. Ah, y no pienso repetir lo que dijo aquel tipejo. ¿Por dónde iba?

-Y ahora es cuando llegan la dos grandes frases, las que te han guiado en tu carrera.- se anticipó el nieto.
-¿Las recuerdas?
-Claro: "Estudia mucho, trabaja duro y algún día conseguirás tu sueño" y "Disfruta la ida, prepárate para la vuelta". La segunda estaba escrita en todos los aviones que diseñaste.- dijo el nieto señalando a la maqueta.- incluso fue el eslogan de una aerolínea durante un tiempo, ¿verdad?
-Exacto. La primera me ayudó a conseguir lo que quería y la segunda, aparte de quedar muy bien en los anuncios, me ayudó a planificarme a largo plazo.- quedó mirando al infinito y dibujó una pequeña sonrisa en su cara. Tras unos segundos volvió en si.- ¿Por dónde iba?
-Casi por el final. Acaban de decirte las dos frases.
-Gracias.

Tras esas frases que marcarían mi vida, el piloto hizo una llamada por la megafonía del avión y la azafata dio por concluida la visita. Volvió a agarrar mi mano y me condujo a la salida. Realmente me encantaba el tacto de su mano, era encantador. Ya fuera, se agachó y me dio un beso en la mejilla.

-¿Un beso?.- cortó el nieto riéndose.- Eso nunca me lo habías contado. 
-Ni a tí ni a nadie.- se sonrojó el abuelo.- no quería que tu abuela se sintiera mal.
-Bueno, aunque has "ocultado".- hizo el símbolo de las comillas con sus dedos.- algunas cosas de tu historia, el mensaje final queda claro.
-Gracias por comprenderlo.- con la excusa de limpiarse las gafas sacó el pañuelo y se limpió las lágrimas.- Y ahora la historia que realmente has venido a escuchar: Mi experiencia cercana a la muerte.

El nieto asintió y se acomodó en su sillón expectante por la historia.

Todo empezó con una luz. Bastante típico y tópico, pero fue así. Una luz brillante que me molestaba en los ojos, casi no podía ver, me protegí los ojos con una mano y con la otra intenté tocar la luz. Me gustaría decir que la luz me envolvió y me llevó a una lugar de ensueño, pero fue mucho más simple: apagué la luz. Al extender el brazo en dirección a la luz toqué algo que reconocí al instante, el interruptor de la luz de lectura de un asiento de clase turista de un boeing 747. Estaba sentado mirando directamente hacía arriba con la luz deslumbrándome. Fue bastante incómodo y no solo por la luz, ya que la posición del cuello era bastante dolorosa. Cuando me incorporé me costó fijar la vista unos segundos, y entonces fue cuando la vi. La guapa azafata de ojos azules avanzando por el pasillo con un niño de la mano.

-¿¡Qué!?.- cortó el nieto.- ¿otra vez la historia del avión?
-Déjame que añada un pequeño detalle que lo cambia todo. Esta no ha sido la primera experiencia cercana a la muerte que he tenido en mi vida. Era imposible que un niño de pueblo como yo visitase un aeropuerto en aquella época. Lo que realmente me ocurrió.- hizo una pausa y miró a un lado y a otro como verificando que no hubiese nadie escuchando.- fue que caí en una acequia mientras jugaba. Me golpeé en la cabeza y quedé inconsciente con la cabeza dentro del agua. Fue una suerte que el boticario pasara por allí de camino a hacer una entrega, me atrevería a decir que era el único en kilómetros a la redonda que sabía realizar un masaje cardíaco. Ahora se que estuve clínicamente muerto, aunque en aquel entonces simplemente fue "un susto". No empecé a contar esa historia hasta mucho después de que mis padres, tus bisabuelos, murieran, ya que eran los únicos que hubieran puesto en duda mi visita a un aeropuerto en aquella época.
-Entonces, ¿volviste a tener la misma visión que en tu niñez?
-Sí, aunque desde otro punto de vista...
Estaba de pie en la fila central del avión, rodeado de otras personas, aunque había muchos asientos libres.  Miré a los que había a mi alrededor y no es que se parecieran a mí, ¡es que eran yo! Mejor dicho, yo en diferentes momentos de mi vida. A mi derecha me pude ver con unos cuarenta años, con el uniforme de la compañía francesa que quiso contratarme y que rechacé. En la fila de la izquierda, estaba yo con veinte años, tumbado entre dos asientos con los pies sobresaliendo por el pasillo, con una chupa de cuero y muy repeinado, en su mano el inconfundible llavero del coche familiar. Recordaba aquel día en el que casi me convencen para que "cogiera prestado" el coche de mi padre para echar una carrera con un estirado de la ciudad. Por el pasillo de mi derecha otra versión de mí mismo, con oxígeno y andador aunque tenía escasamente treinta años. La visión que mas me impactó fue la de un joven de menos de cuarenta, con una importante perdida de peso, con la cara llena de marcas, casi sin dientes y la mirada ida. Recordaba a algunos amigos de la juventud acabar así por culpa de las drogas. Así toda la zona de la clase turista, y estaba seguro que todo el avión estaba lleno de versiones de mi mismo, con la excepción de la tripulación.

Era como si me reuniera con el desenlace final de cada versión de mi propia persona en función de las decisiones que hubiera tomado en la vida. Recordaba alguna de aquellas decisiones, como la de no trabajar para los franceses o la de la carrera de coches en la que nunca participé, pero no era consciente de otras muchas. ¿Quizá la de levantarme cinco minutos más tarde un día? ¿No ignorar a un desconocido en un autobús? ¿elegir un número y no otro en la lotería?

La azafata se acercó y dijo exactamente la misma frase que escuché de pequeño, aunque no se la he contado a nadie hasta ahora:

"Aquí está el pequeño Antonio, tiene doce años, le buscaremos un asiento para el viaje. Antonio, ¿no saludas a estos señores?"

El niño dijo un tímido "Hola", a la vez que agitaba  la mano.

Casi todos los que me rodeaban respondieron al saludo. Yo me quedé callado, confundido por la situación. Casi instintivamente me volví hacía la puerta del servicio, sabedor de que alguien iba a salir por ella. Y así fue.

-¡Me cagüen la puta madre que te parió mil pares de veces! No tas dao cuenta de que no tiene que estar aquí todavía.- dijo el que yo siempre había creído un borracho maleducado.- Te viá a pegá dos tiro en tol'culo avé si espabila.- volvió a entrar al servicio buscando algo.

Esa era mi versión rural, la que me hubiera esperado si hubiera dejado el colegio tras apenas saber leer, como otros muchos compañeros.

Otros pasajeros empezaron a recriminarle su actitud y a llamarlo borracho. En ese momento una azafata pelirroja apareció de la zona del personal junto al baño y cerró la puerta desde fuera y corrió la cortina del pasillo. La azafata de ojos azules había girado su cuerpo y el del niño para que quedara de espaldas a toda la escena. Parecía confundida. Se acercó al intercomunicador colgado en la pared cerca del servicio. Me dejó a solas con el niño un segundo, y le hablé:

-Prepárate, estudia y podrás convertirte en lo que tú quieras. Recuerda que en algún momento tendrás que volver aquí, así que prepárate para la vuelta.- le dije.

La azafata volvió y agarró al niño de la mano. Sin duda le habían comunicado que el niño debía abandonar el avión, que todavía no había llegado su hora. La verdad es que ya había empezado a asimilar que mi momento había llegado, que el avión despegaría conmigo dentro, pero la azafata volvió y me dijo que yo también debía desembarcar, que había sido un error, que tenía que acompañarla fuera.

Al pasar andando por primera clase, dónde de niño me crucé con un hombre guardando la maleta, el único ocupante estaba esperándome, como sabiendo que pasaría por allí. Era yo mismo hecho un verdadero anciano, con aspecto bastante saludable la verdad, y sonriente de oreja a oreja. Al pasar a su lado me dio una pequeña nota manuscrita en un pedazo del periódico del avión. La azafata ni se dio cuenta. Disimuladamente la leí:

"Acércate a Cristina, mantén a todos lejos de Amy. A todos".

Salí del avión y esperé el beso de la azafata de ojos azules, que fue el que me hizo despertar con una sonrisa en los labios.

El abuelo pareció quitarse un peso de encima, como si estuviera deseando poder contarle aquella historia a alguien que no lo tildara de loco. Su nieto había sido la persona correcta, el único con la mente lo suficientemente abierta como para creer todo aquello.

El nieto permaneció callado, asimilando aquello que había escuchado de la boca de su abuelo. 
-¿Y quién es Cristina?.- preguntó 
-No tengo ni idea.- dijo pensativo.- Sea como fuere parece que tengo cuerda para rato. ¿Qué piensas de todo esto?
-Ufff.... es complicado.- resopló.- parece ser que lo que has visto es lo que podría llamarse purgatorio, una especie de antesala al más allá.
-Sí, eso mismo pienso yo. Y lo curioso del asunto es que es el mismo lugar independientemente de las decisiones que hayas tomado en tu vida, sólo cambia quién eres. Imagínate un largo viaje en avión sentado al lado del que podías haber sido y no fuiste. Puede ser algo bueno o malo, depende de tí. Y por eso mismo quería contártelo, para que seas consciente de lo que puede esperarte al final y actúes en consecuencia.- dijo el abuelo.
-Gracias.- le respondió el nieto mientras le abrazaba.

Tras el largo abrazo, el nieto se despidió prometiéndole a su abuelo que volvería el fin de semana próximo y no se trataba de la típica promesa bienintencionada que se olvida al llegar a casa, esta vez la cumpliría, y durante muchos años.

El abuelo se levantó y lo acompañó a la puerta de su habitación y se quedó en el pasillo mientras se alejaba camino de la salida. El nieto se cruzó con una enfermera que acompañaba a otra residente, parecía que le estaba enseñando las instalaciones.

-Don Antonio.- dijo la enfermera.- ya que nos encontramos le presento a su nueva vecina en la planta, Doña Cristina.
-Encantado.- respondió el abuelo con una sonrisa de oreja a oreja.- Bonitos ojos.

El nieto, aunque se alejaba dando la espalda a aquella reunión, dibujó la misma sonrisa en su cara tan solo escuchando la presentación y finalmente dobló la esquina al final del pasillo. Rebuscó en su pantalón vaquero y sacó un pequeño sobre con un par de pastillas y una nota.  Al salir a la calle lo tiró todo en el primer contenedor de basura que se encontró.  La nota rezaba:

"Prueba esto, es la caña, es nuevo, puro 100 %. Las primeras son gratis. Si quieres más pídelas por su nombre: Amy"

Foto de Jes





















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Participante NaNoWriMo2016

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