Relato: El Abuelo

El tiempo pasaba despacio frente a él sentado en aquella vieja mecedora. Tan despacio que solo la experiencia de sus setenta y seis años podía soportarlo. Un día tras otro personas anónimas deambulaban frente a su porche. Cuatro años atrás decidió desempolvar su libreta del trabajo para acompañarlo en sus días contemplativos.

pareado
Una casa cualquiera (de Sailorbill)

Estrenó esa libreta un día antes de su jubilación. Su trabajo consistía en hacer inventario en el grandísimo almacén central de ferretería. En definitiva: contaba cosas. Estaba seguro de que durante  los últimos años nadie había leído esas interminables listas con referencias, nombres y cantidades. De hecho, el día que se jubiló nadie le pidió la libreta. Ese mismo día la dejó en un cajón de la entrada al llegar a casa, y allí se quedó hasta diez años después, cuando decidió recuperarla para entretenerse. Como complemento inseparable a su libreta negra tenía un bolígrafo metálico, de la marca Parker, también negro.

Todo aquello empezó como un divertimento. Decidió hacer un inventario, un registro de las personas que pasaban frente a su puerta. Hora, persona y la dirección hacía la que se movía. Escribía una línea por persona. Simple y fácil. Había horas a las que no pasaba nadie, así que decidió limitar su registro a dos horas muy concretas. De ocho a nueve de la mañana y de siete a ocho de la tarde. Como en realidad no conocía a nadie utilizaba apodos descriptivos: "Obrero negro", "Ejecutivo alto", "Niño chino", etc... Estos nombres eran inamovibles una vez asignados y se basaban en una primera impresión. Así, aunque el "Niño pelón" se dejara crecer el pelo no cambiaba la manera a la que se refería a él, o si, por ejemplo, la primera vez que veía a una mujer iba acompañada por una menor que podría ser su hija, era catalogada como "Madre", aunque después se diera cuenta que acompañaba a la hija de su vecina a la que le estaba haciendo un favor puntual.

A las pocas semanas ya se conocía los horarios de cada persona y a los tres meses incluso las excepciones a los horarios, esas reuniones de los segundos miércoles de cada mes, por ejemplo.

Esas dos horas al día de meticuloso trabajo le devolvieron los ánimos, aunque pasaba frío en invierno y calor en verano. Su salud se deterioraba pero no hacía falta mucha energía para apuntar en su cuaderno. Era feliz sentado en su mecedora.

Notas (de beatricebomb)
 
Llegó incluso a tener su pequeña recompensa cuando a los dos años de comenzar su registro colaboró con la policía en la detención de un ladrón. En su huida, el delincuente pasó a toda prisa frente a su puerta, sorprendiéndolo, rompiendo la perfecta armonía de su diario y la homogeneidad de sus apuntes. Así lo declaró en el juicio. Ya casi se había olvidado todo el mundo del viejo que apuntaba cosas en su porche, pero él seguía disfrutando de su pasatiempo.


Una tarde era tal su nivel de concentración que incluso se adelantaba a los transeúntes. "Trajeado despeinado" escribía en la libreta y al dar el último trazo aparecía. Volvía a escribir, "Obrero con café" y "Niña repelente", y ambos se cruzaban delante de su casa. Casi escribió "Gordo con chándal" pero recordó que ese día pasaría más tarde porque iba a la bolera. No apareció. Así, se anticipaba a los movimientos de los viandantes  justo en el orden en el que pasarían por delante de su casa. Se le acumulaba el trabajo en la hora punta, así que tuvo que abandonar su cuidada caligrafía por trazos más rápidos que le permitieran escribir con la rapidez necesaria. Al contrario de lo que venía siendo habitual, esa tarde no se divertía, era más una responsabilidad que un pasatiempo. Estaba agobiado y le dolía la mano de tanto escribir quién sería el próximo en pasar. No se olvidaba de nadie y no sobraba ninguno de los que anotaba. Terminó la tarde bastante cansado y se fue a la cama sin cenar, por lo que tampoco tomó ninguna de las múltiples pastillas de sus tratamientos. Cayó en la cama agotado, y se sumió en un sueño tan profundo durante toda la noche que no escuchó el despertador a la mañana siguiente. ¡Llegaba tarde a su cita de las ocho!

Saltó de la cama todo lo rápido que le permitieron sus huesos doloridos. Salió a la puerta aún en pijama con la libreta en una mano y el bolígrafo en la otra. La calle estaba desierta, nadie pasaba. Desesperado, comenzó a escribir nombres. Una vez que terminó algunas líneas los peatones comenzaron a pasar en el mismo orden que él había descrito. Respiró aliviado. Mientras continuaba con su proceso semimecánico oía los comentarios de uno y otro, o las llamadas que hacían camino al trabajo justificándose. Todos llegaban tarde debido a una avería del metro en una parada cercana. Nada grave, pero había colapsado la estación y el humo que salía por uno de los respiraderos también había cortado la calle en la superficie. Eso era lo que creía la gente, pero él sabía que la culpa era suya, su retraso había provocado el retraso de todos. No paró de escribir hasta que todos los que tenían que pasar lo hicieron. Se levantó exhausto, al agotamiento acumulado de la tarde anterior se le sumó la falta de cena y desayuno. Tomó algo ligero y durmió un buen rato. Durante un segundo se acordó de sus pastillas, pero decidió retomarlas en una de las comidas principales, para no perder el ritmo.

Pastillas (de sacks08)
 
Por la tarde salió media hora antes de las siete de la tarde. No quería provocar retrasos. Se sentía responsable de aquella gente. Comenzó con un buen ritmo, anticipándose en dos o tres líneas a los viandantes. Estaba tranquilo, todo iba bien. La hora casi pasó sin problemas que resaltar, los de siempre seguían su rutina y solo hubo tres desconocidos que no volverían a pasar por allí. Estaba a punto de terminar el día, solo le faltaba el último nombre "Madre morena", y podría irse a cenar. Escribió la M y el bolígrafo empezó a fallar. Lo movió y le echó el aliento en la punta y seguía sin escribir. Faltaban treinta segundos para las ocho y no se conseguía terminar su lista. Como pudo se levantó, le fallaban las piernas, una por el cansancio y la otra se había quedado dormida. Casi se cayó pero al final llegó como pudo al pequeño mueble de la entrada de la casa, rebuscó en uno de los pequeños cajones hasta encontrar un bolígrafo. Era rojo. No se debía escribir nunca en rojo, eso lo sabía muy bien, a no ser, claro está, que se estuviera corrigiendo, pero aquel no era el caso. Lo guardó en su bolsillo y siguió buscando. Encontró dos mas, uno azul y otro negro. Los metió en el mismo bolsillo y volvió arrastrando los pies hasta su mecedora. El negro estaba seco, el azul también. Echó mano a su encendedor para calentar la punta del azul, que acabó deslizándose y le permitió escribir el seudónimo "Madre morena" y allí pasó la mujer con paso acelerado. Había estado muy cerca de una catástrofe y se sentía culpable. Cerró la libreta dejando el bolígrafo entre sus páginas, se levantó y bebió agua en la cocina. Tenía la boca seca y las manos temblorosas.

Después de un rato observando el vaso de agua, subió al desván y rebuscó en el aparador  lleno de tazas polvorientas. Sabía que por algún lado tenían que estar los recambios para su  bolígrafo Parker. Dentro de una taza, junto con el ticket de compra, los encontró. Dejó el bolígrafo preparado para comenzar a escribir en la siguiente sesión. También dejó preparados los otros tres bolígrafos, el azul, el negro y el rojo. Se tomó su medicación, aunque no recordaba ya muy bien que pastilla le tocaba, y se tumbó en el sofá. No tenía hambre.

La sesión de la tarde comenzaba a las siete, según su planificación. A las siete menos cuarto ya estaba sentado fuera con los bolígrafos y la libreta preparados. Había bebido agua, ido al baño, apagado el teléfono e incluso cambiado las zapatillas por unas más cómodas. Nada iba a impedirle realizar su tarea. Estaba nervioso y como venía siendo una costumbre durante las últimas semanas no se estaba divirtiendo.

Un minuto antes de la hora prefijada ya estaba escribiendo su lista de viandantes. "El obrero", "El obeso", "El niño con melena", "El ejecutivo sudoroso", "Desconocido uno", "Desconocido dos", etc... todos estaban anotados antes de que pasaran. Esta vez incluía detalles que no tenía manera de saber, como por ejemplo el color de la mochila o que los zapatos eran nuevos. Todo encajaba. La adición de estos detalles hacía que su escritura fuera más lenta, por lo que lo  que ese margen de un minuto que se había dado empezó a disminuir. Esto provocó que se agobiara cada vez  más. Empezó a sudar, el bolígrafo casi se le resbaló y gotas de sudor fueron cayendo sobre la libreta. En una pequeña pausa que le permitieron los viandantes miró el reloj. Ya llevaba media hora y le faltaba lo peor, ya que estaba convencido de que la pequeña pausa había sido provocada por unas obras en la acera un poco más arriba y después vendrían todos en tropel. Respiró hondo y se preparó para la recta final.

Su bolígrafo bailó por la libreta a gran velocidad. Los nombres se sucedían uno tras otro y en el papel la caligrafía era más que pésima, aunque aún entendible. Aunque sudaba por la tensión del momento, empezó a tener frío. Quedaban dos nombres, un desconocido y la "Madre morena". Respiró hondo y se propuso a terminar la lista antes de tumbarse a descansar.

El mismo se sorprendió al escribir "Desconocido con cuchillo". Tenía la intención de escribir "Madre morena" pero sabía que no iba a pasar. El desconocido caminó frente a su casa con las manos en los bolsillos de la sudadera mirando en todas direcciones. Se fijó en algo al frente, en el sentido de su marcha, y aligeró el paso. El abuelo se dio cuenta enseguida de que había visto a la "Madre morena". Su pulso se aceleró y un ligero adormecimiento en el brazo izquierdo le indico que algo no iba bien, que debía parar y tranquilizarse, pero siguió.

Cuchillo (de JBrazito)

Intentó escribir "Madre morena" pero no pudo. No funcionaba así. Algo le decía que si empezaba a escribirlo terminaría con un "herida por un cuchillo". El nerviosismo se apoderó de él. ¿Qué podía hacer? Respiró hondo y  se sujetó el brazo más arriba del codo. Había empezado a no sentir la parte izquierda de su cuerpo.

Tenía que ser más sutil. Escribió "Policías patrullando" y al poco pasó por delante de la casa un coche de la policía. Su mano estaba temblando ya de manera notoria, un sudor frío le recorría la espalda y sentía una gran opresión en el pecho que le dificultaba la respiración. Estaba mal, muy mal, pero sonrió al poder escribir "Madre morena" a secas. Intentó levantarse pero sus piernas no respondieron y se derrumbó en el suelo. La libreta y los bolígrafos cayeron junto a su cabeza. Le cambió el gesto, en su mente lo vio venir con claridad, tuvo la necesidad imperiosa de escribir otra vez "Desconocido con cuchillo". ¡Iba a darse la vuelta! Estaba claro que no iba a  dejarla escapar y había girado en redondo para seguirla. Acto seguido añadió "Madre morena corriendo". Su mano continuaba escribiendo mientras seguía tumbado en el suelo boca abajo. No veía lo que pasaba delante de su casa pero estaba convencido de que todo sucedía tal y como lo describía. No tardó en oír un grito y unos tacones corriendo. Sentía como su corazón latía de forma errática dejándolo sin fuerzas. No podía casi mover la mano. Escuchaba de fondo como el desconocido llamaba a la mujer con un siseo corto y potente. Sabía que lo siguiente que iba a escribir era "Madre morena muerta" y "Desconocido corriendo", pero se negó a hacerlo. No tuvo fuerzas para tirar el bolígrafo, le bastó con dejarlo caer. Cada vez tenía menos fuerzas y no quería dejar su trabajo incompleto. Cogió otro bolígrafo de los que estaban tirados en el suelo, era el rojo. Garabateó en el cuaderno, incluso en páginas anteriores. Consumió las pocas fuerzas que le quedaban, o mejor dicho, las invirtió en aquella proeza física en su estado. Terminó la última anotación y murió sin saber si la "Madre morena" seguía con vida o no.

En la acera, frente a su casa, un par de rodillas se hincaron en el suelo con un quejido ronco y un cuchillo cayó al suelo con un breve pero intenso estruendo metálico. La punta de un zapato de tacón se estrelló contra la cara del desconocido y uno de sus premolares superiores salió volando.

Antes del amanecer, una pareja de policías se personó en el lugar para investigar la denuncia de la mujer. Se dieron cuenta que todo había sucedido frente a la casa del "viejo que anotaba cosas", como lo conocían. Con las primeras luces del día distinguieron su cuerpo sin vida en el suelo.

Cinta Policial (de Carbonnyc)
 
Una vez que retiraron el cadáver del abuelo y coordinaron la limpieza de la acera, al policía más joven se le ocurrió mirar la libreta. Había oído hablar de ese extraño hombre durante años y tenía curiosidad. Su compañero más veterano lo miraba indiferente.

-¿Qué tiene apuntado? Lo de siempre, ¿no?
-Sí, listas de personas que pasaban por delante de la casa. Una y otra vez lo mismo. Es raro. Si no supiéramos que era inofensivo sería un caso a investigar.
-Ya. La última vez tuvo que responder a muchas preguntas.
-Un momento. Hay anotaciones en rojo al margen.
-¿Y qué ponen?
-Siempre lo mismo. Al lado de "Madre morena" añade "CDP", todos los días.
-¿CDP? ¿Qué significa eso?
-Ni idea. Mira, aquí parece que empieza a escribir en rojo, fue hace tres meses. Y en la primera anotación no usa siglas, lo pone completo: "Clase de Defensa Personal".





Comparte:

0 comentarios:

Archivo del Blog

Últimos libros leidos

Últimos libros leidos

Aniara
La vieja guardia
Enhorabuena por tu fracaso
Alma
El paciente
La emperatriz de Tánger
Apropiación indebida
Joaquín María Pery y Guzmán y aquella Málaga que fue
Homine ex machina
Encantado de conocerme / Pleased to Meet Me
La filosofía de la composición / El cuervo
La historia de tu vida
El desierto de los tártaros
Mientras escribo
El ajedrecista
Rojo
Necrópolis
El anacronópete
El asesinato de Pitágoras
Antologia de relatos de terror


Miguel Rico's favorite books »