Relato: Atrévete

Morena (de Amame hasta con los dientes)

El único consejo útil que me dio mi padre fue el de siempre tener una tumba precavada en algún lugar apartado. "Después todo son prisas" afirmaba siempre.


Y ahí estaba yo, la noche de un viernes de septiembre con dos cadáveres en un hoyo  y una chica a la que me había presentado unas horas antes a la que doblaba la edad. Pero empecemos por el principio. Esto es lo que suele suceder cuando se cruza en tu camino la persona equivocada:

Eran las ocho de la tarde y yo estaba empujando el carrito en el supermercado. Al doblar por el pasillo de las bebidas camino al de los congelados me topé con ella. Estaba intentando alcanzar un refresco en la balda más alta mientras sujetaba con la otra mano una botella de whisky. A cada saltito que ella daba su minifalda subía un poco más. Hasta en tres ocasiones pensé que dejaría al descubierto lo poco que no enseñaba aún, pero no fue así, en parte porque sus piernas eran interminables y en parte porque tenía la habilidad de recolocarse la falda con un ligero balanceo de cadera, haciendo, si cabe, más sensual el movimiento completo. Me sorprendí embobado en mitad del pasillo contemplando aquella escena. Al instante me recompuse, miré discretamente alrededor para comprobar que nadie me había visto y continué mi camino. Era un cuarentón fijándome en una veinteañera, el estandarte del patetismo.

Terminé la lista de la compra con un par de pizzas congeladas, una de las cuales pensaba consumir esa misma noche, como todos los viernes, y me dirigí a la cajas. La morena minifaldera ya estaba allí. Me puse en la cola de la caja de al lado ya que tenía menos gente. Una cosa era seguir a unas piernas bonitas y otra muy diferente perder el tiempo.

La vibración del teléfono me hizo olvidarme de la chica. Era el número de la centralita de la empresa. A estas horas de un viernes sólo los cargos intermedios estaban calentando la silla. Descolgué y sin darme tiempo a responder, comenzaron a hablar:

-Romero, soy García. Ya es casi oficial, se va a abrir el plazo para optar al puesto de Castro, es tu oportunidad. Parece que todo el universo se ha puesto de acuerdo para tu ascenso, es una ocasión única. ¿Vas a presentarte como su sustituto?
-No sé... Es demasiada responsabilidad. Me lo pensaré este fin de semana, pero no las tengo todas conmigo.
-No seas cobarde, ¡atrévete!.- Y colgó

Piernas bonitas había llegado ya hasta la cajera y la clienta que me precedía seguía buscando el importe exacto en el monedero. Mi móvil volvió a vibrar. Era un Whatsapp de Verónica, del departamento de calidad: “He hablado con García. Es la mejor decisión que puedes tomar, tanto para ti como para el resto. ¡Atrévete!”

Cuando levanté la vista de nuevo la joven de melena negra andaba por el pasillo sin ningún producto en las manos. La cajera que la había atendido salió momentáneamente de su puesto para dejar las dos botellas en la cesta de las devoluciones. Algo había ido mal. Sentí otra vibración del móvil, era una notificación de Instagram de otra compañera, Alba de transportes. Era  una bonita imagen motivacional con la etiqueta #Atrévete. Y eso hice.

Cogí lo más disimuladamente que pude las dos botellas del carrito de las devoluciones y las coloqué en la cinta con el resto de mi compra. Metí todo en el carrito y me fui tan deprisa que no recogí el euro y veinte céntimos de la vuelta. Al llegar al exterior del supermercado allí estaba ella, caminando en círculos y gesticulando con las manos mientras hablaba por teléfono. El mío volvió a vibrar, esta vez era un e-mail de otro compañero. Instintivamente fui al final y vi con letras rojas la firma #Atrévete. Me atreví.

-Perdona.- hablé con más miedo que vergüenza.- Me he dado cuenta que no has podido comprar esto porque has tenido un problema con el pago. Te lo he comprado yo.- le dije a la par que le ofrecía la bolsa con las bebidas.
-Sí, gracias.- me miró sorprendida.- Ha habido un problema con la tarjeta...
-Ya, esas cosas a veces fallan. Ya me lo pagarás otro día o me haces una transferencia de esas con el móvil cuando puedas.

Ella no supo qué decir. Seguro que no estaba acostumbrada a que le ayudasen de esa manera.

-Por cierto, me llamo Antonio. Encantado de conocerte.
-Me llamo Sara, encantada.
-Pues como hasta el lunes no podrás solucionar el problema con el banco, ¿hay algo más que necesites comprar?- me interesé amablemente.
-Bueno, ahora que lo dices... Me he quedado sin tabaco. ¿Puedes llegarte al estanco?
-Sí, claro. Supongo que necesitas tabaco de liar de la marca Pueblo.- dije señalando a su bolso, del que sobresalía un inconfundible sobre amarillo.- Y papel y boquillas, dicho sea de paso.
-Muy observador.- sonrió señalándome con el dedo a la vez que me guiñaba un ojo.

Crucé raudo hasta el estanco para comprarlo todo. Ahora estaba en deuda conmigo y, de algún modo, se sentiría obligada a agradecérmelo. No estaba pensando en sexo, sino simplemente en que me diera la oportunidad de cenar juntos. El móvil volvió a vibrar, era un email de la dirección general de la empresa. Lo leí:

“Buenas tardes,
Muchos de vosotros os habéis interesado por la situación económica de la familia del compañero Carlos Castro, actual supervisor técnico, tras su desaparición. Os comunico oficialmente que la próxima semana le será entregada a su hijo, único familiar conviviente con Carlos, una tarjeta regalo de una gran superficie (aún por determinar) con el importe de las donaciones de los compañeros. Además, esta empresa, como prometí, añadirá a dicha cantidad el doble de lo que se haya recaudado. ¡No os olvidéis de participar!
 
Un saludo y buen de fin de semana.”


Compré en el estanco más rápido de lo que un adolescente compra preservativos. Cuando volví con el tabaco Sara estaba sentada con las piernas en el murete que delimitaba el recinto del aparcamiento del supermercado.

-Una pregunta.- le dije mientras le daba la bolsa.-¿Tienes algo que hacer ahora?
-Había quedado con una amiga, pero cuando le he dicho que no tenía el alcohol me ha respondido que mejor no fuera. Pero ahora paso de ir, que le den. ¿Por qué lo preguntas?
-Porque había pensado que ya que tú tienes el alcohol y el tabaco y yo unas pizzas que a estas alturas deben estar descongeladas… Podríamos cenar juntos.
-No sé, te acabo de conocer. Me caes bien, eres mono  y pareces buen tío, pero no sé...
-Y si a la cena le añadimos algo....- bajé el tono de voz.- ¿aparte de tabaco fumas otra cosa?
-Ja, ja, ja ¿Te da vergüenza decir porro?- Se partió de risa encima del muro.
-No tan alto.-Miré a todos lados, por si alguien la estaba escuchando.
-No te pongas nervioso, aquí todo el mundo fuma. ¿Qué es lo que tienes? ¿María? ¿Polen?
-No, no tengo nada. Pensaba comprarlo donde tú me dijeras.
-Uff, complicado donde yo te diga. Hasta hace un par de semanas estaba con un tío que pasaba y claro, me invitaba. Hemos acabado fatal y ni de coña voy a llamarlo.
-Bueno, no será el único en toda la ciudad al que le podamos comprar.
-Sí, claro. Hay muchos. Pero no pienses que me voy a ir a cenar contigo porque me compres un poco de chocolate.

Era un iluso. No podía pretender que el universo se plegara a mis exigencias. Habría sido una bonita anécdota para contarle a los compañeros: “El día que me ligué a la veinteañera en el supermercado”. Pero aún me quedaba la última baza que jugar.

-Creo que esto ha sido una mala idea. No hace falta que me pagues todo eso, tómalo como un regalo.- dije girándome en dirección a la carretera.

Me metí la mano en el bolsillo, saqué la llave del coche y pulsé el botón de abrir. Un sonoro pitido, cuatro intermitentes parpadeando y los espejos retrovisores desplegándose indicaron indudablemente que ese mercedes descapotable blanco aparcado a pocos metros era mío.

-Espera.- dijo ella al instante.- Me refiero a que ya que vas a pillar para esta noche...- se inclinó en mi dirección y bajó el tono.-...te podías estirar y añadir un par de gramos de coca.
-Eso está hecho.- sentencié.- Un compañero del trabajo me pasó hace tiempo el número de un tío de confianza.- dije mientras buscaba en el móvil.- No pienso meter mi coche en un barrio de esos chungos, este te lo lleva a dónde tú le digas.
-¿Quién es? A ver si lo voy a conocer...
-Me pasaron el contacto como "Pepe Camello", pero yo lo guardé así.- dije mostrando la pantalla del móvil donde se podía leer "José Dromedario".- Es curioso como pierde el significado cambiando la especie.
-Ni idea de quién es. Por cierto, tienes el mismo móvil que mi abuelo. Botones grandes y sin pantalla táctil.-dijo riéndose.

Sonreí. Me alejé unos pasos para hablar por teléfono sin que ella me escuchara.

-Dime Mariposa.- respondió mi interlocutor al primer tono.- Cada vez que leo tu nombre en la pantalla me parto de risa. Algún día me contarás la historia detrás de ese apodo.
-Como mínimo no vas a confundirme con nadie.- dije divertido.- Hoy quiero dos libros, no, mejor cuatro, para dentro de media hora en la dirección de siempre. ¿Puede ser?
-Sí, claro. ¿Algo más?
-Algo para bajarlo todo después.
-Estás de suerte, tengo orfidal recién sacado de la farmacia. Mi médico tiene el gatillo rápido cuando le dices que no puedes dormir. ¿Te pongo cuatro?
-Sí, perfecto.

Colgué y me guardé el móvil en el bolsillo.

-Listo.-me giré buscándola.- En media hora nos llevan cuatro gramos. ¿Vamos?
-Vaya, no escatimas en gastos.

Sara se agarró a mi brazo y apoyó la cabeza sobre mi hombro y nos dirigimos al coche. En cuanto nos incorporamos a la autovía pisé a fondo. Ella me apretó la pierna con una mano mientras se sujetaba al agarramanos con la otra. Una sonrisa nerviosa se apoderó de ella. Desaceleré bruscamente para tomar la siguiente salida. El cinturón de seguridad la retuvo levemente. De nuevo apretó mi pierna. En cuestión de pocos minutos pasamos de autovía a carretera nacional, de ahí a carretera comarcal para terminar en un camino privado que llevaba a una bonita casa rural. Unos metros antes de parar los faros se encendieron automáticamente al detectar que empezaba a anochecer. Al parar el coche, me giré hacia ella y le pregunté:

-Antes de entrar necesito saber algo. ¿Eres menor de edad?
-Cumplo dieciocho en tres meses.- respondió rauda y veloz.
-Mierda, me vas a meter en un lío.
-¿De verdad no te habías dado cuenta? ¿Te creíste que no me funcionaba la tarjeta?
-¡Claro!
-Me pidieron el carnet. Tenía un carnet modificado en el móvil, me lo hizo un amigo con el "Photoshop". Pero no coló. Me pidieron el original, por eso tuve que dejar la compra.

Salí del coche resoplando, me llevé el móvil a la oreja y caminé unos metros. No marqué ningún número. Ella me miraba desde dentro del coche. Me acerqué al coche después de unos segundos.

-He llamado al camello para que no venga, pero no me lo coge. Seguro que viene de camino.
-Podemos preparar la pizza mientras viene.- dijo saliendo del coche
-Espero que no se enfade porque le quiera cancelar el pedido. A unas malas lo compro todo para no discutir y se la vendo luego al compañero que me pasó el número.- añadí, resolutivo.
-Vale, pero si no hay más remedio habrá que probar esa coca.- dijo, sin darle mayor importancia.

Recogí las bolsas con las pizzas y el alcohol del asiento trasero y la seguí. Se paró frente a la verja de entrada.

-Mira debajo de esa piedra más oscura. Hay una llave.- le dije mostrando mis manos ocupadas.

Abrió la cancela y entramos al jardín de la puerta principal. No le dije nada, pero me fijé en que Sara, de una manera inconsciente, se guardó la llave en su bolso. Tomé nota mentalmente de ese detalle. Me paré en seco al oír algo en la lejanía.

-Escucha.-casi le grité.-creo que viene una moto entrando por el carril. Debe ser el camello. Ve a la parte de atrás con todo esto, no quiero que me vea con una menor.

Ya había anochecido, así que cuando llegó al patio trasero no pudo distinguir gran cosa. Tampoco le dio mucho tiempo a curiosear, porque llegué enseguida, corriendo.

-Quiero que tengas esto.- le puse un bulto entre las manos.- No me fío de este tío. Puede ponerse violento cuando le diga que ha venido hasta aquí para nada. Conozco a este tipo de gente, en cuanto le plante cara se achantará, pero quiero que me cubras las espaldas.
-¿Una pistola?.- dijo sorprendida al abrir las manos.
-Sí, es para asustarlo por si se pone tonto. Esta gente suele llevar navaja, en cuanto te vea con esto, sale corriendo. Si escuchas gritos sales y lo asustas.

La dejé observando la pistola en la palma de su mano. Estaba realmente confundida. La impresión al ver el arma no le permitió percatarse de que yo me había puesto unos guantes. Llegué a la puerta principal justo cuando paraba la moto el traficante. Se quitó el casco y lo dejó colgado en el manillar. Era un joven moreno, delgado y con marcas de acné por toda la cara.

-¿Qué tal Mariposa?.- dijo entrando por la puerta que habíamos dejado abierta.
-Fatal, para que te voy a engañar. Tenía prevista una reunión con varios amigos y al final se ha cancelado todo, así que olvídate del pedido.
-¿Cómo?.- gritó el joven.- Pues me vas a tener que pagar por lo menos cincuenta euros por la gasolina y las molestias. Esto se avisa.
-Te voy a pagar una mierda.- le dije tranquilamente, sin alzar la voz.
-¡No me toques los cojones!.- gritó a todo pulmón.- Me llamas, haces que traiga toda la coca que tengo y me dices que me vaya sin cobrar nada. ¿Tú eres tonto?
-No, no lo soy.- dije pausadamente.- De hecho pienso que el tonto eres tú. Eres tan tonto que tu padre se ha largado para no tener que escuchar tus tonterías todos los días.
-¡Hijo de puta!-. Entró en cólera.-¡Te voy a rajar!- dijo sacando una navaja del bolsillo trasero de su vaquero.

Levanté las manos.

-Tranquilito gilipollas.- apareció Sara apuntándole con la pistola.- Y tú, ¿No dijiste que el camello se llamaba Pepe?
-Yo que sé como se llama este tío.- mentí
-Pues es Carlos, mi ex.
-Me dejas para irte con este viejo. ¡Serás p...!- gritó Carlos avanzando con la navaja en ristre.

No le dio tiempo a más. Un par de fogonazos iluminaron toda la entrada y el sonido fue atronador. El cuerpo de Carlos cayó desplomado con un agujero de bala en el cuello que sangraba abundantemente y otro en mitad del pecho, que lo había matado.

Me acerqué a Sara por detrás, agarrándola de la muñeca para que bajara el arma. No quería más disparos innecesarios.

-Ha sido en defensa propia.- acertó a decir la chavala.
-Sí, lo sé. Habrá que ver qué dice el juez.- le quité la pistola.- Ahora hay que moverlo de aquí. Si alguien pasa podría verlo.- dije mientras lo arrastraba por los pies camino de la parte de atrás de la casa.
-Nos iba a matar. Tú lo has visto. Ha sido defensa propia.- no paraba de repetir, llevándose las manos a la cabeza a la par que me seguía.


Solté el cuerpo justo al lado del gran hoyo que había en el patio trasero. Tenía unos dos metros de ancho por otros tantos de largo y medio metro de profundidad. Encendí las luces del patio trasero y registré su riñonera. Encontré la coca y las pastillas que le había pedido. Finalmente lo empujé dentro. Quedó en una postura totalmente antinatural, pero eso ya no importaba.

-¿Y este boquete?.- acertó a preguntar Sara, ahora que tenía luz suficiente.- Joder, necesito una raya.- añadió la niñata con toda la normalidad del mundo.
-Voy a construir una pequeña piscina. Mañana vienen a echar una capa de cemento. Si lo enterramos ahí mismo, nadie lo encontrará en años.
-¿De verdad?- me miró como la que mira a su salvador.- ¿Me vas a ayudar?
-Sí, tranquila. Este es el último de tus problemas.

Dejé en el tiesto vacío que adornaba la mesa de jardín el alijo que saqué de la riñonera. Sara no dudó un segundo en prepararse una generosa raya de cocaína que esnifó sin dejarla reposar.

-¿El último? Creo que es el único de mis problemas ahora mismo.
-Bueno, aparte de tus adicciones y del cadáver, hay algo más. Aunque todo salga perfecto y nadie se entere de nada, al final tendrás pesadillas. No será hoy ni mañana, pero comenzarás a revivir este momento una y otra vez. Lo he visto docenas de veces en el ejército. Hay una parte del subconsciente que se revela al cabo del tiempo.
-Puff...- hizo una pausa pero se recompuso levemente.- ¿Eres un loquero de esos o qué?
-Soy psicólogo, aunque hace años que no ejerzo. Créeme, era demasiada presión. En el caso de los soldados, sin la terapia correcta acababan suicidándose. En tu caso puede que también pero lo más probable es que acabes confesando para acallar el sentimiento de culpa.
-¿Y cuál es la terapia correcta?
-Muchas sesiones y bastantes pastillas. Pero quizá podamos atajarlo todo desde el principio. Una vez conocí a un soldado con bastantes años de servicio. Tuvo pesadillas constantes con una de sus víctimas, un civil al que se vió obligado a matar por el bien de la misión. Lo había enterrado en mitad de las montañas en el Líbano. Uno de sus compañeros más veteranos le aconsejó que volviera a donde estaba el cuerpo y le dejara una nota de disculpa sincera. Podía escribir lo que quisiera, porque nadie la leería nunca. En cuanto enterró la nota junto a la tumba cesaron las pesadillas. Esa misma noche.

Puse delante de Sara un pequeño bloc de notas y un bolígrafo. Además, saqué del tiesto un par de pastillas, aunque no eran las que llevaba el camello en la riñonera, esas las había añadido yo sin que ella se diera cuenta.

-Aquí tienes. Puedes empezar ahora mismo. Si estás muy nerviosa ponte un par de estas debajo de la lengua. Son las que le pedí para bajar los efectos de la coca, te tranquilizarán.
-¿Qué escribo?
-Empieza pidiéndole perdón, aunque después lo acabes insultando y diciéndole que lo volverías hacer.

La dejé escribiendo y me dirigí al coche. Del maletero saqué un casco con bastantes señales de uso y lo colgué en el manillar de la moto. A todas luces podría deducirse que los dos habían llegado juntos. Además, la llave de la cancela de la entrada seguía en el bolso de Sara.

Volví al patio trasero, ella se había quedado dormida apoyada en la mesa. En esa postura quedaba al descubierto el tatuaje de una mariposa azul a la altura de las lumbares. Su respiración era muy débil. En la nota, inacabada, podía leerse: “Lo siento, pero te lo merecías hijo de la “ y continuaba con un par de garabatos ininteligibles. Era suficiente. En su boca seguían disolviéndose las dos pastillas de fentanilo, una droga cincuenta veces más potente que la morfina y que a esa dosis era mortal. Saqué el móvil de mi bolsillo, el pequeño con teclas grandes cuyo número estaba grabado como Mariposa en el de su exnovio, y lo metí en el bolso de la muchacha.

La casa era de unos ingleses que no venían desde el COVID, así que pasarían semanas hasta que los encontrasen. La policía ataría cabos rapidamente: asesinato pasional de novia despechada y sobredosis, o tal vez suicidio, por sentimiento de culpa. Además, muy torpes tendrían que ser para no encontrar el otro cadáver. El cuerpo de Carlos, mi ex jefe y también el padre del joven camello, llevaba enterrado una semana en aquel improvisado boquete, justo debajo de su hijo, separados por una fina capa de tierra. Al padre lo había matado yo con la misma pistola que ahora tenía las huellas de Sara.

Salí de allí lo más discretamente que pude camino a devolver el coche alquilado con un pasaporte falso.

Por cierto, el único consejo útil que me dio mi madre fue: "El mejor lugar para esconder un secreto es dentro de otro secreto".
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